El sermón de hoy

púlpito

Amados hermanos:

Hoy vamos a hablar de esos seres candorosos, inocentes y llenos de bondad, que son los niños.

Son un prodigio de inteligencia. Su cerebro retiene todo lo que les llega desde el pequeño mundo exterior en el que viven, a través de los sentidos, como las esponjas.

Aprenden a caminar y a hablar el idioma que oyen con una rapidez imposible de alcanzar por los mayores.

Ejercitan cada día esas habilidades y adquieren una maestría envidiable.

Poco a poco van descubriendo que el mundo es bastante más grande que el que conocían. Su cerebro recibe nuevos y estímulos que no consiguen descifrar. No pueden reprimir la infinita curiosidad que sienten. Tienen que saber, como sea, el significado de lo que perciben. El instinto, la lógica y la ley del mínimo esfuerzo les dicen que la respuesta está en los padres; les han dado todo.

En cuanto perciben algo que no conocen, les preguntan qué es, para qué sirve o por qué ocurre. Algunas preguntas resultan inverosímiles y les obligan a encontrar una respuesta casi inmediata que incluye un nuevo concepto.

La reacción no se hace esperar. Es una nueva pregunta, muy simple: ¿por qué?. De nuevo, los padres tienen que exprimir su mente para encontrar una respuesta a la que sigue la misma pregunta: ¿por qué?. Cada nueva explicación la replican con la misma pregunta. Los padres comienzan a perder la paciencia y a ponerse nerviosos. Los niños no cesan de preguntar el porqué de cada respuesta. El juego no tiene fin, porque los niños siempre quieren ir más allá; los padres lo rematan, desquiciados, cuando no encuentran la explicación al enésimo porqué: se quedan mudos o cambian de conversación.

Crecemos, nos hacemos adultos, seguimos descubriendo y aprendiendo nuevas cosas, pero casi todos nos olvidamos de algunas que aprendimos de pequeños: escribir, las operaciones matemáticas elementales o el afán por conocer las causas de lo que sucede en la realidad.

Recuperemos todas esas cosas que abandonamos, porque nos siguen siendo útiles de mayores. Preguntémonos por el porqué de las cosas, no cinco veces, sino todas las que hagan falta, hasta dar con la causa última que las explique.

Si no sabemos por dónde empezar, recurramos a alguien que nos las vuelva a enseñar y nos sitúe en el buen camino. Nos hará ser mejores en nuestra profesión y en la vida.

Un famoso entrenador de fútbol no se cansaba de preguntar ¿por qué? en voz alta al término de un partido muy importante. Nunca obtuvo respuesta. Un alma inquieta  se hubiera puesto a descubrir la causa por si mismo.

Queridos hermanos:

Permitidme terminar con una cita del Evangelio: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos”.

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Acerca de Juan Carlos Viela

Ingeniero Industrial, con más de 30 años de experiencia, la mayoría en operadores logísticos. Profesional independiente, artesano de la logística, que combina consultoría y formación práctica a profesionales de todos los niveles.
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2 respuestas a El sermón de hoy

  1. Antonio Poveda dijo:

    Amén.

  2. Hector MgAllan dijo:

    Muy cierto, gracias. Muy útil de vez en vez. Cada vez más seguido regresar a los orígenes. No, hagamos la prueba, gracias.

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