Ir de médicos es así

Abrí la puerta del restaurante y me detuve un momento. Una mano emergió de las mesas. Era Jobito; estaba esperándome. Detesta llegar tarde a las citas y los retrasos de los demás. No se muerde la lengua a estas alturas de la vida; ya no teme represalias por lo que dice. Trabajamos juntos hace muchos años, en puestos similares. De ahí nació una gran amistad y un apelativo cariñoso. Ahora competimos en el mismo sector laboral y nos ayudamos mutuamente en caso de necesidad.

Hacía unos meses que no nos veíamos. A ambos nos apetecía pasar muy bien un rato juntos, con la excusa de una comida, aprovechando un viaje de trabajo de Jobito. El sitio y el menú eran lo de menos.

La conversación fluía sin silencios. Tratamos de familia, trabajo, proyectos y todo lo que nos venía a la mente, en completo desorden. Bien entrada la sobremesa, Jobito se arranca con una historia que le sucedió pocos días antes en su ciudad.

La consulta

  • ¿Es usted Job? -pregunta una señorita al otro lado del teléfono-
  • Sí, dígame.
  • Le llamo del hospital, porque ha sido preseleccionado para un estudio. ¿Tendría algún inconveniente en participar, si fuera apto?
  • No, en absoluto –pensé que podría ser un engaño, pero decidí ser prudente-.
  • Muchas gracias. En breve recibirá una carta de citación en su domicilio. El médico encargado del estudio le informará debidamente. No se olvide de llevar a la consulta todos los papeles que tenga sobre su salud; es muy probable que se los pidan. Adiós, que tenga buen día.

De la puerta de la consulta sale un señor vestido con una impoluta bata blanca.

  • ¿Job? –hago un ademán de dirigirme hacia él- Por favor, pase y siéntese.
  • Le pido disculpas por el retraso –sentenció amablemente el doctor-.
  • Estábamos citados hace una hora y cuarto –respondí en el mismo tono, y continué-. Alguien tiene un problema. Mientras esperaba, he estado observando los movimientos del personal sanitario. Es deformación profesional, pues me dedico a aumentar la productividad en empresas. Llaman la atención, a primera vista, algunas prácticas en las que se pierde bastante tiempo.
  • El problema es mío –replica el doctor-. Conozco muy bien lo que me comenta. Al venir del extranjero, hace unos años, vi lo mismo que usted y redacté una propuesta de optimización a mis superiores. No tuvo respuesta. Opté por jugar en el terreno que me habían señalado, con las reglas vigentes; es en lo que estoy. Lo siento, ir de médicos es así; es lo que hay.
  • Seguro que el problema no es suyo, sino de alguien más –continué, intentando ponerme en su piel-. Lo que no me ha parecido correcto se arreglaría muy pronto con unos cambios sencillos, sin apenas coste. Creo que se podría ahorrar bastante dinero, que vendría muy bien para hacer muchas otras cosas; siempre se habla de que el presupuesto no da para todo. Pero barrunto que hay alguien que no los va a propiciar.
  • Así es. Los mismos que han cambiado varias veces el sistema informático del hospital, una vez cada año y medio.
  • Entonces, ¿dónde está el problema? –pregunté desconcertado, mientras en mi mente destellaba la idea de una posible trama de corrupción-.
  • En que hay personas que viven muy bien y han demostrado estar dispuestas a luchar con todas sus fuerzas por conservar su modus vivendi. Si le parece, dejamos el tema aquí y vamos al objeto de la cita. Le quiero proponer participar en un estudio que bla, bla, bla,….¿Le apetece?
  • Por supuesto. Estoy encantado de ayudar a progresar a la ciencia. ¡Ah! Aquí tiene todos los papeles sobre mi salud. Me han pedido que los trajera, por si me los pedían.
  • Magnífico. Los papeles no nos hacen falta, muchas gracias; tenemos todo su historial en el ordenador. Tendrá que someterse a las pruebas que le indico en estos papeles. Los resultados nos dirán si usted es, definitivamente, apto para el estudio. Ahora, tengo que hacerle unas preguntas sobre su salud.
  • Cuando guste.

Las preguntas y respuestas se iban sucediendo. Mientras, el médico iba escribiendo en su ordenador. Al terminar, imprime un par de hojas.

  • Tenga, son para usted.
  • ¿Para qué las quiero? –pregunto, después de echar un vistazo y comprobar que era un breve historial médico con jerga-.
  • Es para usted, guárdelo.
  • Perdón. No entiendo nada. Usted me da un historial, resumen del que ya tienen, que contiene una jerga cuyo significado desconozco. Lo siento, no me sirve de nada, no lo quiero para mi.
  • Insisto, guárdelo.
  • Está bien –respondí con resignación, frustrado por haber perdido el tiempo con el interrogatorio-, reutilizaré el papel en casa.
  • Por favor, ¡no me diga eso! Pida citas para estas cinco pruebas y volvemos a vernos una semana después de haberse hecho la última.

Las pruebas

Llegó el día de las pruebas y de nuevas sorpresas.

  • Buenos días, señorita. ¿Falta mucho para que me efectúe la prueba? Soy Job. Estaba citado hace media hora y dentro de quince minutos tengo concertada otra prueba.
  • No, usted está el primero en la cola de espera. Ahora le atiendo. Esté tranquilo porque llegará a tiempo a su otra cita. De todos modos, le sugiero que para otras veces deje más tiempo entre citas.
  • Buenos días, señorita –musito incómodamente al llegar a la segunda prueba-.
  • ¿Es usted Job? –asiento con la cabeza-. Ya nos disponíamos a llamarle. Llega quince minutos tarde.
  • Lo siento de veras. Vengo de otra prueba que me han hecho con más de media hora de retraso.
  • No se preocupe. Le vamos a dar esto para poder hacerle la prueba dentro de dos horas. Durará una media hora –una nueva sorpresa, se presume un día divertido, pensé-. Puede irse si lo desea. Aquí le esperamos.

Hubo una tercera prueba, prevista para una hora después y hecha sin demora. Sin embargo, el fin de la segunda prueba coincidía con la hora de la cuarta prueba; había que avisar.

  • Disculpe, señorita –me dirijo a una enfermera de la consulta de la cuarta prueba-. La hora a la que estoy citado con ustedes coincide con una prueba que me van a hacer. ¿Hay algún inconveniente si vengo con algo de retraso? Calculo que será entre quince y treinta minutos.
  • Ninguno, señor. Déjeme, por favor, sus papeles y avísenos cuando llegue.
  • ¡Señorita! –exclamo, dirigiéndome a la enfermera que salía de la consulta quince minutos después de la cita programada-. Por favor, diga a sus compañeras que soy Job y que ya he terminado la prueba que me retrasaba. Ellas saben de qué se trata y están avisadas. Muchas gracias.

La enfermera asiente y vuelve a la consulta. Veinte minutos después viene a la sala otra compañera.

  • ¿Job? –acudo instintivamente hacia ella-. No, no, ahora no le toca. Le he llamado para saber si había regresado de su prueba anterior.
  • Sí, aquí estoy. De todos modos, hace más de quince minutos que he avisado de mi presencia a una de sus compañeras.

Cuarenta minutos después, yo estaba solo en la sala de espera. Llega una enfermera.

  • ¿Job?
  • ¿Ya me toca? –pregunté resignado y contenido-.
  • Sí. Pase, por favor. El doctor que le va a hacer la prueba le atiende ya.
  • Buenos días, Job –saluda el doctor-. Hemos llamado a la consulta a la que dijo iba a ir y nos han dicho que ya se había ido hace un rato.
  • Hace una hora que vine de allí. Avisé que había llegado, han vuelto a salir para comprobar que estaba y….prefiero no continuar con el relato. Permítame decirle que ustedes tienen un serio problema de organización industrial. No me refiero solo a esta consulta, sino también a otras. Esto es una fábrica con un nombre peculiar: hospital.
  • Siento discrepar de usted, Job –le interrumpí animándole a opinar-. Aquí es imposible optimizar. En una fábrica, hacer un tornillo siempre lleva el mismo tiempo; aquí no es así.
  • Yo no entiendo nada de medicina, pero está equivocado. Las fábricas hacían los tornillos en lotes de mil. Ahora los lotes son de uno y cada tornillo es diferente del siguiente. Por tanto, el tiempo que lleva hacerlos también varía de uno a otro. Hay tornillos que se fabrican en un segundo, y otros que necesitan dos horas, por decir un tiempo. Además, es muy posible que el tornillo que se acaba de fabricar no se vuelva a producir en la vida.
  • La prueba ha terminado –fue la primera frase que el doctor pronunció tras un largo silencio-. Puede marcharse.

Quedaba la quinta prueba. Pedí anularla. Fui a la consulta del médico del estudio. Le dejé una breve nota declinando su invitación y deseándole mucha suerte.

Que sufra un poco más el paciente

Ni Jobito ni yo comprendíamos que la ciencia pusiera tantos obstáculos a quienes desean colaborar con ella. Estábamos convencidos de que nadie había estimado, aunque fuera someramente, la cantidad de horas que se les hacen perder a los pacientes en las salas de espera de las consultas, no solo de los hospitales, sino de ambulatorios y otros centros sanitarios. Y mucho menos, de la millonada que cuestan a las empresas y de los placeres que dejan de disfrutar los jubilados. Falta conciencia de que el paciente es quien paga el salario de los profesionales que le atienden, es decir, su cliente; así ocurre en los monopolios empresariales.

Dicen que la sanidad española es una de las mejores del mundo; muchos la envidian. Quienes lo afirman tienen razón. Basta ver su cobertura, o leer las noticias frecuentes que hablan de operaciones, tratamientos o descubrimientos vanguardistas. Y qué decir del referente mundial que es la Organización Nacional de Transplantes, con una operativa logística para descubrirse. El mérito, sin duda, es de las personas que hacen posible todo ello.

Esta vez no podíamos discutir sobre este asunto. Ambos estábamos de acuerdo en el buen aspecto del vértice del sistema, en la robustez de la estructura, y en la necesidad de reducir los desperdicios de tiempo y el despilfarro de dinero en la base. Solo es cuestión de que algunos que ahora viven muy bien, se convenzan, como nosotros, de que ellos y los demás pueden vivir mejor, y estén dispuestos a dar pasos para conseguirlo.

Por un momento, dejamos de mirarnos. Nos habíamos quedado solos. Pedimos la cuenta y mil disculpas por los inconvenientes que habíamos causado. Una empleada nos acompañó hasta la puerta de salida y, con una sonrisa encantadora, nos dijo: “Ha sido un placer tenerles entre nosotros este rato. Esperamos volver a verles pronto. Aquí nos encontrarán, dispuestos a atenderles con todo nuestro cariño”.

 

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Acerca de Juan Carlos Viela

Ingeniero Industrial, con más de 30 años de experiencia, la mayoría en operadores logísticos. Profesional independiente, artesano de la logística, que combina consultoría y formación práctica a profesionales de todos los niveles.
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