Automatizar con sentido I/II

El comercio electrónico está en plena ebullición. En estas fechas no se habla de otra cosa en el mundo logístico. Da la impresión de que el comercio tradicional comienza un declive que le conducirá, inexorablemente, a la muerte en pocos años.

¿Moda?

De momento, un precedente reciente indica que puede tratarse de una moda. El libro electrónico irrumpió con mucha fuerza en el mercado. Tuvo su temporada de gloria con una fiebre desmedida de venta de tabletas lectoras y publicación de títulos. Los libreros no sabían qué hacer para sobrevivir ante semejante avalancha. Los últimos datos del sector editorial anuncian un crecimiento del número de títulos publicados y un aumento de los libros (de tomo y lomo) vendidos sobre el año anterior. Los lectores han encontrado algún valor para volver, poco a poco, a leer los libros de siempre.

Era digital y automatización de almacenes

La era digital ha comenzado. La llama del incendio ha asolado el terreno. Pero la estampa no es para siempre; hay que dejar pasar el tiempo para ver que el verde rebrota por algunos lugares. El hábitat se transforma y se llega a un nuevo equilibrio de especies y modos de vida.

No. El comercio electrónico no acabará con el tradicional. Ambos pervivirán.

La idea aceptada de que todo tiene que llegar al cliente final a la velocidad del rayo está poniendo patas arriba la operativa logística de muchas empresas. Creen que la manera óptima de satisfacer al consumidor final que les compra por la red es la automatización de sus almacenes. Y así parece que es, por las altas tasas de crecimiento de ese negocio.

Razones engañosas para optar por la automatización

La automatización es muy necesaria para ejecutar algunas tareas. Argumentos para defenderla no faltan. Los hay muy sensatos, pero otros están instalados en el delirio, como quien dice que el retorno de la inversión no condiciona la decisión de automatizar, porque el coste del dinero es casi cero. O que invertir en automatización tiene premio seguro, ya que el dinero desembolsado se amortiza en 20 años y se recupera en poco más de la mitad. Quienes predican tales doctrinas asumen que sus feligreses hacen actos de fe, pero no tienen en cuenta que sus jefes, los que tienen que pagar, saben perfectamente que la decisión de invertir no tiene mucho que ver con el interés del dinero, sino con el valor actual neto de la inversión; y que el mundo puede dar muchas vueltas mientras se recupera la inversión, por lo que exigen recuperarla rápidamente y el toro les pille sin nada que deber a nadie.

Los costes asociados al funcionamiento de las instalaciones suelen pasar desapercibidos en las decisiones. Hay suministradores que los eluden deliberadamente para resarcirse después, con creces, de las concesiones que tienen que hacer para conseguir la venta. Las sorpresas, disgustos y lamentos vienen cuando la instalación ha superado la etapa de rodaje y los costes unitarios difieren bastante de los calculados al tomar la decisión.

Las historias se repiten

Consultando la biografía de algunas famosas empresas fenecidas, se ven episodios de sus relaciones con la automatización de almacenes en el paleolítico.

Los 200.000 m2 del centro de distribución de unos grandes almacenes se reparten en un edificio de 5 plantas. El transporte interno de mercancías lo efectúa una línea de arrastre de carros, que transitan entre las plantas gracias a un sistema de ascensores. El uso severo de la instalación y la tecnología de control, basada en relés, provoca continuas averías y paradas de los ascensores. Las posiciones de tracción de la línea se llenan de carros, hasta el punto de impedir cruzar de un lado a otro. Cuando las líneas no se saturan por avería, lo hacen por pico de trabajo de entrada o salida. El rendimiento de los recursos en los días sin saturación es claramente superior al de los días con algún tipo de problema. De esto se concluye que la fiabilidad y el tiempo de recuperación son factores a tener muy en cuenta en la elección de cualquier instalación automática; detrás hay costes de reparación de averías, otros por pérdida de eficiencia y, además, riesgos de erosionar el nivel de servicio al cliente. La saturación produce efectos similares de pérdida de eficiencia y de nivel de servicio.

El desembarco de los primeros grandes almacenes británicos en España trae consigo un almacén de apoyo. Sus diseñadores optan por la versión manual de un almacén automático clásico. El transelevador se sustituye por un recogepedidos en altura que opera en un pasillo estrecho. El piloto hace también de dispositivo de colocación y extracción de la mercancía. Con una máquina por pasillo, la instalación debe operar sin problemas. Así es hasta que llega el Adviento. Comienza la subida de ventas de la campaña navideña. La preparación de pedidos no se completa en la jornada y hay que hacer un par de horas extras. La carga de trabajo sigue subiendo; no basta con las horas extras y toca trabajar en fin de semana. A pesar del esfuerzo, no se llega a cubrir la demanda. El enfado de los puntos de venta es descomunal; están perdiendo un buen pellizco de ventas por falta de suministro a tiempo. El almacén establece turnos de 12 horas en las últimas dos semanas de la campaña y suprime los festivos de Navidad y Año Nuevo. Todo el retraso de entrega se recupera al final de la campaña. La bronca que le cae al almacén es enorme, tanto como el dineral pagado en horas extras y en compensar a los empleados por no disfrutar de las fiestas. Los responsables aprenden la lección de que la instalación ha de estar preparada para absorber el pico de carga de trabajo que le llega, más aún si incluye automática. Ninguna automatización absorbe más carga de trabajo que aquélla para la que se ha previsto, por mucho que se pretenda que no sea así. Todo lo que rebase el límite se pospone hasta que le llegue su turno. Estimar la capacidad de una instalación es un ejercicio muy difícil. Si queda muy por encima del pico de trabajo real, se ha invertido un dinero en exceso. Si es por debajo, hay que buscar una alternativa, siempre cara, para digerir el trabajo al que la instalación no llega. Cuando termina el jaleo, los responsables se ponen a trabajar para no repetir la vivencia pasada. Aprovechando una ampliación del almacén, instalan estanterías manuales y recolocan la mercancía. La decisión no es la óptima, pero admite doblar la plantilla en las puntas de trabajo. La siguiente campaña navideña no tiene sobresaltos. Esta historia reaparece en el presente con el Viernes Negro y el Ciberlunes. Las rebajas de muchos productos solo en esos dos días ha catapultado la demanda hasta extremos nunca conocidos. Ningún almacén, ni siquiera automático, puede soportar semejante avalancha; la capacidad de transporte también queda sobrepasada. Al año siguiente, esos dos días señalados son, en realidad, un periodo que alcanza hasta una semana; la demanda se alisa, pero continúan los problemas de cobertura en almacenes y transporte. A este paso, ambas fechas durarán dos semanas. Seguramente, la demanda se cubrirá sin problemas, acabando en unas rebajas de enero adelantadas, como cuando las practicaba una conocida cadena de moda, con el nombre de venta especial, artificio para evitar problemas legales con el nombre oficial de las rebajas de enero.

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Vender servicios de almacén sin tener las instalaciones es muy difícil. Por eso, los directivos de una famosísima empresa familiar de paquetería construyen un par de almacenes automáticos, preparados para dar servicio al comercio electrónico naciente, adosados a sendas sucursales; es una estrategia de anticipación al futuro, genial para aumentar notablemente la facturación y, a la vez, tener clientes retenidos durante algún tiempo, sin cobrarles costes de recogida y reduciendo la volatilidad típica del sector. El importante esfuerzo comercial para dar a conocer el nuevo servicio y captar negocio no tiene recompensa. El personal de ventas no está instruído para vender un servicio con un periodo de maduración largo, muy diferente al transporte de paquetes. El tiempo pasa y los almacenes apenas trabajan al 25% de su potencial, con el agravante de que los productos manejados no se ajustan bien a la forma de operar del sistema. Las pérdidas del negocio de almacenaje aceleran el cierre de una empresa con muchos años a cuestas. Seguramente, la alternativa del almacén automático es la mejor para el cliente objetivo de la empresa, pero con un mayor aprovechamiento de la instalación. Mientras, se prefiere otra solución clásica, de propósito general; no es la mejor, pero vale para cualquier carga de trabajo y es más flexible.

 

Continúa en el artículo Pensarlo dos veces

Acerca de Juan Carlos Viela

Ingeniero Industrial, con más de 30 años de experiencia, la mayoría en operadores logísticos. Profesional independiente, artesano de la logística, que combina consultoría y formación práctica a profesionales de todos los niveles.
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2 respuestas a Automatizar con sentido I/II

  1. focuschain dijo:

    Automatizar es necesario. Pero previo una estrategia de integración de la cadena de suministro que implica resolver un conjunto de desconexiones internas y externas y mapear la cadena para identificar en qué puntos es crítico ganar velocidad y/o reducir costos con la automatización. No puede ser una moda simplemente, debe ser parte de la estrategia de la organización tendente a mejorar algún indicador financiero.

    • Automatizar es necesario, por supuesto; siempre que se den las circunstancias adecuadas para ello. Se puede automatizar toda una operación o solo una parte. Como bien dices, tendrá sentido si se logra una reducción de costes unitarios o se hace obligada para conseguir la misma o mejor percepción de los clientes sobre el resto de mis competidores en el negocio. Gracias por tu aportación, Focuschain.

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