Impermeables

guiaEs asombrosa la capacidad que tienen algunas almas de asumir responsabilidades, especialmente cuando se encuentran en las alturas de la pirámide de una organización. Ciertos Jefes de Estado y Primeros Ministros ostentan esos cargos y, además, son los barandas en sus partidos políticos. No acaparan más cargos porque no quedan a esas alturas; de haberlos, los absorberían todos cual esponja en medio líquido. Ellos portan la luz que guía al pueblo.

Los ministros se hallan un escalón por debajo en la pirámide del poder. Las responsabilidades que asumen quedan al arbitrio de quien los nombra. Son capaces de aceptar una billetera con poco dinero o una gran caja fuerte; les vale cualquier cosa con tal de estar ahí. Tampoco hacen ascos a cambiar de cartera o a tener más de una a la vez.

El tiempo ha demostrado que para todos estos cargos vale cualquiera que sea mayor de edad, no tenga deterioro intelectual y posea un historial inmaculado, aunque detrás se escondan cosas muy poco conocidas, que es mejor no contar. Los conocimientos y experiencia sobre la materia del cargo no tienen importancia. Son tantos los problemas que tienen que resolver, que carecen de tiempo material para hacerlo. Así, lo mejor es hacer acto de presencia en reuniones y eventos, girar visitas, hacerse fotos o pasar un rato con alguien que les cuente cuentos. Es materialmente imposible que ellos resuelven algún problema; se solucionan porque detrás hay un grupo de personas que se encarga de ello.

Algo parecido sucede en la empresa, y no solo en las plantas nobles, sino en niveles más bajos de la organización.

La sabiduría popular del currito de a pie ha dado a conocer al mundo una serie de guerreros, bastante conocidos en las oficinas: incas (los que hincan los codos de principio a fin de la jornada; pertenecen a la clase de tropa y marinería), mayas (quienes, al llegar al trabajo tarde, preguntan si alguien le ha llamado), aztecas (los que piden a los subordinados hacerse cargo de esto y de lo otro) y arapahoes (los que, ahora que todos se van, exigen un trabajo urgente a sus subordinados, para fastidiar). Los tres últimos abundan entre oficiales y suboficiales. En todos se ha identificado al esqueroso, el que siempre comienza sus argumentos ante un superior con “Es que…..”. En otros lugares se les llama siperos; empiezan con “Si, pero…”. Son la antítesis del ardor guerrero.

Con la irrupción de la informática, aparecieron los IBMs (léase, y veme), una variante de los aztecas, caracterizada por mandar a sus guerreros a traerles esto o lo otro. Los impermeables son otra evolución de los aztecas, de corta historia, surgidos a la sombra del correo electrónico, y cuyo comportamiento es muy parecido al de los mandamases de las grandes organizaciones.

Escribir comunicaciones en la empresa ha sido siempre un trabajo lento y costoso. Solía ser más rápido y práctico transmitir verbalmente la información, aún a riesgo de que se malinterpretara después. Cuando todos tienen su ordenador y se implanta la mensajería electrónica, renace la idea de que lo que no está escrito no existe. Los mensajes se completan mucho antes golpeando las teclas de un terminal. No hay que pasarlos a máquina, ni hacer copias, ni utilizar un medio de transporte físico para que lleguen a sus destinatarios. Lo que dicen es lo mismo para todos. Y en caso de duda, lo escrito, escrito está y se acabaron las discusiones.

Este ambiente ha propiciado el nacimiento de los impermeables, aztecas empeñados en destacar al máximo. Se erigen en columna vertebral de la tropa que manejan. Todo el tráfico de información que llega a sus dominios ha de pasar por sus manos; desconocer algo les enerva sobremanera, pueden encontrarse con problemas no deseados. Su trabajo consiste en leer los mensajes entrantes sobre asuntos nuevos, añadirles un breve comentario y reenviarlos a quienes deciden que se hagan cargo de ellos; en lenguaje vulgar, repartir juego. Piden, además, que los destinatarios se ocupen de responder al remitente y enviar copia a ellos y a todos los participantes en la cuestión. Para terminar, organizan carpetas en donde caen todos los mensajes sobre el mismo tema. Las respuestas a asuntos iniciados van directamente a su carpeta, sin siquiera leerlas, salvo temas muy concretos que les pueden poner en peligro. Hay que ser eficientes, pues el día no tiene horas bastantes para leer todos lo que les llega y atender compromisos ineludibles.

Les importa muy poco que haya subordinados que estén más que sobrecargados de trabajo. Deben sacar el que les llega, sí o sí. Todos, en la medida que pueden, procuran trabajar lo mínimo posible; se dedican a despachar lo que intuyen importante y lo que el impermeable les ha recordado que es urgente y tiene que estar resuelto de inmediato. De vez en cuando, realizan una limpieza a fondo de sus mensajes recibidos.

Al impermeable le encanta descollar en las reuniones. Se acompaña de una cohorte, preparada para responder a las cuestiones que surjan. Cuando le toca hablar, lanza un discurso que siempre se repite. No se cansa de recalcar que el tema que se está tratando es crucial, de importancia vital para la empresa. Complementa sus aseveraciones con palabras huecas y abunda en lugares comunes. Si alguien le lanza una pregunta, hace una pirueta retórica y desvía la respuesta hacia el guerrero al que ha hecho cargo del asunto (para eso le acompaña) o cambia de tema. Cuando recibe un ataque, saca a relucir todos los mensajes cruzados sobre el particular y con eso demuestra que él sabe del asunto, pero nunca ha estado directamente implicado en los hechos; la culpa siempre es de otro.

Los éxitos se convierten en medallas para él y los agradece mencionando a su tropa. Desconoce el fracaso, el responsable es uno de sus soldados, a quien somete a escarnio público frente a sus compañeros.

Huye de tomar decisiones, por poco transcendentes que sean. Las únicas que toma son las que le ordena su jefe, a quien le pide amablemente que se las traslade por escrito. No se moja ni cuando se ducha. Todo lo que le cae le resbala, lo repele. Nada pasa a su interior. Por eso, también se le conoce como repelente.

El impermeable, o repelente, proyecta una excelente imagen de cara al exterior y suele provocar envidia. El jefe a quien embelesa le recompensa con una retribución muy jugosa por el trabajo que realiza. En realidad, vive muy bien y no hace nada para la empresa. La prueba del algodón se tiene cuando se va de vacaciones o se ausenta durante unos días; la gestión que se hace entonces suele ser mejor que con su presencia.

Este personaje no se hace responsable de nada; es perfectamente prescindible. Las empresas no quieren contratar a nadie para eso. El jefe que lo desenmascara, lo acaba enviando fuera de sus dominios, más allá de la empresa. ¿Sabe de algún impermeable? ¿Se ha topado alguna vez con uno?

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